Sátira, ofensa, derecho, libertades (y Twitter)

Otra reflexión sobre sátira ofensiva, derechos y libertades. Sí, otra más. La propongo en el blog porque me sirve para conectarla con el mundo Twitter. La conexión con el brutal atentado a los miembros de la redacción de Charlie Hebdo pasará. Pero las preguntas que ha suscitado en estos días de crisis aporta marco para abordar el comportamiento de unos y otros en Twitter. El mío, claro.

Esta entrada se construye básicamente con dos reflexiones en Twitter hilvanadas al socaire directo del atentado y de la insistencia por parte de algunos sobre la importancia y bondad del derecho a ofender.

Me interesa ahora la tesis de que el humor corrosivo, irreverente, debe ser protegido, porque conecta con pilares básicos de sociedad democrática.

Creo que ese papel lo juega el humorista gráfico de prensa: Forges, Roto, nuestro Oroz. Tantas veces escuecen porque dan con nuestras mentiras. En cambio, la sátira ácida de medios especializados no provoca la misma reacción. Ofenden a una parte, enfervorizan a otra y provocan repulsa en una mayoría, que puede que ni esté a favor ni en contra del asunto ridiculizado, pero que se apartan de ello por considerarlo de mal gusto o de mal estilo.

Porque no es humor de matices. Es de choque. De provocación. De malos muy malos. Y de buenos, que se deduce que lo son porque nunca son ridiculizados. A la mayoría no nos gusta consumir ese humor. Para chocar, la sátira suele incorporar caricaturas con sexo explícito y escatología (cacaculopedopis). Sin ir más lejos, el avatar de Mongolia en su cuenta en Twitter era una foto de excremento humano. Una foto, no una caricatura. No sé a qué asuntos aludía ese avatar, pero su propuesta estética no me ayudó a buscar indagar, y preferí pasar de largo

La importancia de la sátira en sociedades democráticas pluralistas

– Pero humor turbador juega un papel de prevención, de higiene democrática. Es un canal necesario para eliminar lo intocable. La ausencia de intocables como entraña de la lógica democrática madura.

No. Creo que no es necesario ni bueno para una democracia sana que la sátira ofensiva asuma ese papel.

Porque es un humor que convierte al rival en malo sin matices. Se le hace indigno, lo que da derecho y deber de desprecio y humillación. Por eso se le humilla. Para mí, el núcleo del problema no reside en que se trata de un humor que ofenda, sino que ha sido diseñado para ofender. Porque de hecho normalmente no ofende, al quedarse circunscrito en el círculo de los que lo jalean y disfrutan con sátira. Esos lectores que comparten con la editorial el diagnóstico ramplón de malos y buenos.

El problema radica en que este humor alimenta tendencias de simplificación de problemas, de demonización del rival,  de frentismo, de una apuesta preferente por el ataque frente a la conversación. Sinceramente no creo que esa dinámica fomente el desarrollo democrático sano, basado en sociedad abierta que respeta y valora la pluralidad.

– ¿Y entonces qué?¿Prohibir la sátira ofensiva? ¿Restringir contenidos? ¿Marcar límites previos?

– No, seguro que no. No en mi opinión. Creo que la respuesta de sociedades avanzadas es permitirlos y que esa sociedad abierta a lo distinto consiga hacer irrelevantes esos productos histriónicos, porque se quedan arrinconados en un nicho de lectores alérgicos a la pluralidad. Que publicaciones y lectores no salgan del nicho de los extremos, de los que necesitan ver que todo es blanco o negro. Que ese círculo cada vez sea más pequeño. Que, siendo molestos, sean pocos.

En contexto de madurez democrática y social se puede dudar, criticar y discutir de todo. Creo que la mejor manera de hacerlo es desde el argumento. Porque somos una sociedad plural no entiendo el camino de la ofensa. Ni tampoco querer que todos pensemos igual. Aceptar la pluralidad. El insulto limita.

¿Dar valor positivo a la ofensa?

Yo no entiendo ese derecho a ofender y humillar al rival. Intento no usarlo. Espero no entenderlo nunca. Para mí no lo hago derecho. Alguno me decía que no existía un derecho a la ofensa como tal. No hablo desde coordenadas jurídicas sino desde planteamientos de tolerancia social, que lo equipara a derecho.  ¿Se lo retiro a los demás? No. No ese eso. No va de prohibir. No va de limitar libertades de expresión.

Pido disculpas por la imprecisión del relato que cuento a continuación. Algún día recuperaré la referencia.

Era un pensador. Griego. O romano. Probablemente estoico. Tuvo un encontronazo con un soldado sin principios y que ejercía abuso de su posición. Se reía de él. Le retorcía el brazo.

– Te lo voy a romper, amenazaba.

– No lo hagas, susurraba el filósofo, te vas a herir

Y le rompió el brazo.

Y el filósofo, retorciéndose de dolor le dijo, como pudo.

– Ves, soldado, ahora te has herido.

Para mí esa pasión por ofender al distinto hiere sobre todo al que ofende. Por eso me da más lástima que indignación el que vierte sus odios. Por eso para mí la obsesión por ofender, en Twitter, en la tele, me muestra un lado de nuestro nosotros que creo que es enfermo. Y por eso mismo, en nuestra sociedad plural la prohibición no es la respuesta. Al enfermo se le cuida. Pocas ayudas recibe el enfermo hoy.

– Y después de todo este buenismo pasteloso, ¿qué hacemos con los malos, con lo intolerable? ¿Callar y mirar a otro lado?

– No, al menos yo no. Porque sé que la denuncia de la injusticia, de lo injusto y del injusto no es un derecho que tengo: es un deber. ¿Es posible atar los dos cabos? Sí, yo creo que sí. Aunque me cueste, intento no huir de la denuncia, intento huir del insulto.

La ofensa y Twitter

Todo lo escrito vale para Twitter. Existe un Twitter maravilloso de la conversación. Creo que es herramienta para crecer con pluralidad. Intento preferir siempre el diálogo y el argumento al insulto, a pesar de que muchas veces no rehúyo los temas debatidos. Porque soy dueño de mi casa, dejo pasar por mi TL solo a usuarios que proponen razonamiento y no recurren al contenido y tono ofensivo. Las personas a las que sigo en Twitter no tienen discurso uniforme, porque sigo a personas en razón de intereses muy diversos entre sí. Comparten contenidos que me interesan y por eso los sigo, y piensan como piensan. Que no les guste la misma música que a mí, el perfume, la moda, el fútbol, los programas de televisión, sus opciones políticas, su visión de la trascendencia y que así lo manifiesten ni me incomoda ni mucho menos me ofende, porque no quiero leer a un espejo de mi alma. En cambio, si para defender sus posiciones se ven obligados a insultar o humillar a los que no piensan como ellos, en música, perfume, moda y todo lo demás, no me interesa seguirles.

Existe un Twitter del ruido, del insulto, del ataque grotesco, despiadado, cruel. No creo que su existencia mejore nuestra vivencia democrática y nuestra experiencia de la pluralidad en el seno de esta red. Al contrario, la ahoga, la castiga, impide la sana emergencia de posiciones no coincidentes. Pero, por todo lo dicho, no propongo límites ni reglas preventivas de control de contenidos. Prefiero y espero que esos contenidos se vayan arrinconando en el ámbito de los tuiteros que necesitan ver la realidad como blanca o como negra, y que ese círculo sea cada vez más pequeño e insignificante. Ignorar el contenido molesto, no darle coba. Don’t feed the troll, en suma.

Esta reflexión no la hago pensando en los que creen que la vía del insulto es una herramienta como cualquier otra ni soñar con que cambien, sino para los que creemos que evitar ofender tiene sentido, es positivo para todos y a pesar de todo no somos los tontos del pueblo. En el camino recorrido está la recompensa.

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Por Francesc Pujol @NewsReputation

2 comentarios en “Sátira, ofensa, derecho, libertades (y Twitter)

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